Como una tormenta
Despertó sobresaltada por los truenos. Pero sabía que no era sólo por eso. La habitación se iluminaba intermitentemente por los relámpagos, y el frio de la noche parecía vencer al fuego que ardía en el hogar. La lluvia caía a raudales, golpeando en los cristales sin piedad. A su lado descansaba el cuerpo de su amado. No paraba de darle vueltas a la cabeza a la misiva que recibió la pasada noche. En ella se leía: "Habrá comprobado su Gracia que la maldición le persigue. Se lo advertí, no es bueno maldecirse a sí misma". No tenía firma, pero ella sabía que lo enviaba su fiel consejera. Ella sabía muy bien a qué se refería y eso le hizo estremecer.
Esa noche...
Era una noche normal en un principio: la cena en el salón con todos los vasallos rebosaba alegría. Últimamente, el cocinero los sorprendía con deliciosos manjares. Todos celebraban esa nueva vida, y estaban felices por su señora. Sus ojos brillaban con vida propia, y las sonrisas nunca abandonaban su cara. Y ese cambio iluminaba el castillo como nunca lo había hecho. Su caballero había traído la felicidad a su vida, y con ello a toda su gente. No fue bien recibido al principio. Todos lo miraban con recelo, menos unos cuantos. Pero entre risas, y palabras. Entre miradas y actos, cuando se dieron cuenta estaba plantado en el mismo centro de sus vidas. Y todos lo aceptaban como uno más. Para todos los súbditos estaban prometidos. Eran correctos, y discretos. Pero por las noches se convertían es esposos gracias a los pasadizos del castillo. Quiera que no, ella era la señora, y la señora hacía siempre su voluntad.
Esa noche, durante la cena no tuvo tanto apetito. Le daba vueltas a algo que sabía que no iba bien. Y lo peor de todo le preocupaba que no tuviese solución. Era frustrante sentirse distinta a los demás, sentir que le faltaba algo. ¿Qué haría para cambiarlo?¿Sería una maldición?¿O simplemente el tiempo lo pondría todo en su lugar? Pero parece ser que su pesar no pasaba inadvertido ya que recibió esa nota.
Ahora, sentada en el cómodo sillón, delante del fuego seguía en las mismas. Miraba la tormenta pensando que le gustaría ser como ella.
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