Un domingo de noviembre, a las últimas horas de este día. Estoy en mi cama, cubierta por las sábanas y las mantas. Hace mucho frío. Mi piel bajo todo ese abrigo tiene los bellos de punta. El cansancio se apodera de mi cuerpo y entre la vela y el sueño siento que lo único que necesito es unos brazos que me rodeen y me acurruquen en el sueño. Necesito una piel caliente que entibie la mía. Necesito un beso en la frente y unas palabras que me endulcen los sueños, y quizás unas manos que recorran mi cuerpo. Hace frío, mucho frío.
El sueño me envuelve y ha llenado mi mente de historias que dan vueltas y vueltas, pero no soy capaz de recordarlas. Pasan las horas, y con las claritas del día, ni siquiera el despertador puede separarme de mis sábanas, de esa dulce paz que da el sueño. Necesito calor que alimente mi alma, necesito vitaminas. Necesito risas, para cuando llegue el día que no pueda seguir sonriendo. Soy de Titanio, pero se que mi fuerza no es eterna.