Al comenzar el verano. Después del final de las clases de luchas y de letras. Después del partir de las naves a tierras lejanas, Titanio emprendió una nueva misión: zanjar asuntos pendientes. Su familia partió hacia la fortaleza de la costa para pasar un verano más suave y ella retraso su partida hasta conseguir entrar en la escuela ‘Ferran’ de aprendizaje para manejar carros y carretas. Tuvo una semana en la que en la soledad de su hogar observo lo que había sido su vida y lo que quería que fuese. Se prometió ser lo que soñaba, y lo que sería tras el verano. Dejaría atrás las noches en que aún se dormía llorando. Con un llanto más suave alimentado más por la soledad que por el amor. En esos días hizo todo lo necesario para su entrada es esa escuela y cuando lo consiguió marcho rauda hacia su mar. Estaba asustada. Temía que esas paredes le recordasen el amor que vivió allí. Temía que la soledad que la abrigaba a menudo, se trasladase con ella y no la dejara continuar su vida. Temía no volver a ser la que era, no volver a sonreírle a la vida. Era verdad, que últimamente no la recordaba. Pero quería ser solo ella, simplemente ella todo cuanto necesitaba para ser feliz. Las palabras llenas de esperanza y los piropos la animaban, pero no quería depender de nadie para ella y con esas ideas llego a la isla.
En isla las arenas eran finas y suaves como una mujer, mientras que el mar tenía el frío de una guerrera. Paso esa estación entre libros de ciencias y novelas que relataban las aventuras de mujeres audaces. Paseaba por la playa, se bañaba en sus aguas, mantenía correspondencia con sus amistades. De vez en cuando recibía visitas. Otras veces era ella quien las hacía. Visitaba las fiestas de sus amigos, y las de su ciudad. Se embriagaba y hacía locuras, y siempre descansaba abrazada a su peluche. Se dormía de madrugada y no despertaba hasta cuando estaba bien alto el sol. El sueño la acunaba entres fantasías de un mundo mejor y ella entre su desesperanza veía que era lo mejor: soñar antes de rendirse. La sonrisa no la abandonaba en el día, no paraba de bromear con su familia y respiraba esa brisa nocturna con la esperanza de unos brazos que la rodeasen apartándola de esas pesadillas de frío y soledad. Pasó todo el verano creándose una barrera ante todo, una coraza y consiguió ser digna de llamarse Titanio. Consiguió ver ese brillo tan especial en sus ojos, y sabía que ya era ella: la niña inocente, la dama juguetona y la mujer pasionaria.
Con la cercanía del otoño toda la familia volvió a sus tierras, a ese valle. Comenzó a volcarse en sus estudios y en su hogar (había que prepararlo para el invierno). Fueron semanas de duro trabajo y estudio. Y todo ese esfuerzo valió la pena. Valió la pena el avance en los estudios, valió la pena como quedo su casa, valió la pena la gente que conoció, valió la pena ser ella.
Por ese tiempo conoció a un noble caballero, y su alma se arriesgo a sentir. Pero descubrió que no se le puede decir al corazón a quien querer, el es el que elige. Cuando probó sus labios supo que no era para ella, y lo aparto de su vida para no hacerle daño. Intento hacerlo lo mejor que pudo, que nadie sabe si lo hizo bien o no.
Empezaron las clases, continuó con su trabajo en el orfanato de los niños, y también llevaba las clases de la escuela ‘Ferran’. Iba corriendo a todas partes, no le daba tiempo a pensar en su vida, solo iba de un lado a otro sin parar. Y no paraba de sonreír. Había dejado atrás las penas y la rabia, ahora solo se debía a si misma. Las fiestas celebradas eran muchas, y en ese sin parar, en su rutina halló la felicidad. No era totalmente feliz, pero por lo menos ya casi nunca lloraba. Era ella misma y todo su mundo estaba demasiado tranquilo. Aquella calma la inquietaba. Una noche recibió una carta, venía desde muy lejos y en ella, pedían auxilio. Su instinto no la engañaba, se avecinaba tormenta. ¿Sobreviviría a esa tempestad?

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